Me levanto por la mañana buscando la motivación para salir de casa. Hace bueno. Busco las llaves de la moto y me alegro de no haberla vendido aún. Me pongo la chupa y pienso para adentro que resulta gracioso ir más o menos bien vestido (ya sabes, zapatos castellanos, pantalones de pinza, camisa impecablemente planchada y todo eso...) y cubierto con una chupa de cuero bastante macarra. Contrastes. Una vez más contrastes.
En el ascensor, se para en el cuarto. Entra mi vecina y pone una cara de susto al verme, seguida por una instintiva sonrisa, que debe de ser igual a la misma que le pongo yo. Lo vuelvo a pensar: ¿dónde voy? Son sólo veinte segundos de viaje, pero se me antoja una eternidad porque creo que en el fondo lo quiero llegar al bajo y salir del edificio.
Se abre la puerta, entra aire fresco y me muevo casi por intuición hacia el mundo exterior. Mi vecina ya no está. Me separar tres escalones y dos metros del portal a mi moto, y sonrío. "Déjate llevar", me digo, y cuando quiero darme cuenta estoy a ochenta por hora dirección a la calle de la antigua oficina de correos, allí donde todo es posible y se escribe el futuro en letra pequeña.
Aparco, me dejo llevar por el subidón de adrenalina y me digo que podría hacer esto mil millones de veces sin cansarme: un nuevo día comienza.
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